El autor glosa la figura de la artista Pepi Sánchez (1929-2012)
La gran artista María José Sánchez Díaz, Pepi Sánchez, nació en Sevilla el 4 de abril de 1929. Cuando su padre fallece a muy temprana edad, su madre se traslada con las dos hijas, Dolores y Pepi, a casa de su hermana Concha casada con Ernesto de Micheli, el tío Micheli para ellas y para siempre, quien habría de ejercer una notable influencia en la formación de la pintora, inculcándole la pasión y el amor por la naturaleza y familiarizándola con los grandes artistas del Renacimiento italiano a los que tantas veces después tuvo ocasión de admirar en persona en sus múltiples visitas a Italia. Quiso el azar que al piso superior de la vivienda de la calle Pimienta llegase un nuevo inquilino que habría de cambiar la vida de Pepi, José María Labrador Arjona en cuyo estudio comienza a pintar. En un principio, el maestro estaba convencido de las escasas dotes artísticas de la joven Pepi, juicio que habría de revertir drásticamente con el tiempo.
En 1940 Pepi ingresa en la recién creada Escuela Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla donde, pocos años después termina sus estudios en pintura, comienza los de escultura y en ambas especialidades destaca sobremanera. Pronto se le presenta la oportunidad de viajar y lo hace por España, Marruecos y sobre todo por Italia, países y culturas antes las que experimenta una gran fascinación. Todavía antes de su definitiva consagración, vuelve a Italia para introducirse en una nueva faceta, la cerámica bajo la tutela del prestigioso ceramista Nino Carusso. En 1957, recibe una Bolsa de Viaje del Ministerio de Educación que le permite viajar por Francia e Inglaterra y admirar las grandes obras de sus espléndidos museos. Comienza una etapa frenética de exposiciones tanto de óleos sobre lienzo como de cerámica y mosaicos. Se está curtiendo la pintora más original de los últimos tiempos.

Su intensa actividad intelectual y el entorno cultural del que se rodea, propició que conociera a Manuel García Viñó con quien se casó y trasladó a Madrid donde fueron acogidos por el enorme poeta Rafael Montesinos. Admiradora de la naturaleza, por influencia del tío Micheli, en 1964 dando un paseo descubrió una piedra que al pronto le evocó la figura de un buey en poco tiempo hallaría otras que le permitirían realizar un hermoso Belén, técnica y motivo con el que ya siempre triunfaría arrolladoramente. Más adelante, sobre los ochenta, firmaría un contrato en exclusiva con el coleccionista Agustín Rodríguez Sahagún, lo que la liberó económicamente permitiéndole dedicarse en cuerpo y alma a la pintura que poco a poco iría evolucionando hacia unas tendencias oníricas no exentas de un acusado tono barroquizante como con claridad se demuestra en los singularísimos títulos con que bautizaba sus obras. Quizás su mayor logro, fruto de su formación transversal, fue alcanzar una mezcla perfecta entre la pintura y la escultura.
Pepi Sánchez jamás usó modelos, prefería el volumen y el color antes que la realidad misma. Su capacidad imaginativa no parece tener fin para trasladar a la piedra innumerables personajes fantásticos que ella extraía de extrañas formas minerales para pintar heterogéneas figuras y motivos. Sus personajes se adaptaban a las sinuosas formas naturales obligando a las piedras a ser esculturas polícromas pero sin renunciar ni un ápice a su formidable capacidad para dibujar. En tan original forma de pintar, las llamadas litopinturas, con el único precedente si acaso en Altamira, el tiempo parece detenerse como petrificado. Pero su aportación no es totalmente intuitiva sino fruto de un profundo estudio. En efecto, semejante técnica la encontramos ya en Leonardo que, cómo seguidor y devoto de la filosofía platónica, utilizó con frecuencia el recurso del “grutesco” en sus formidables frescos y murales en los que se afanaba en hallar en los huecos o en las manchas de las paredes formas que le permitieran descubrir rostros, figuras o paisajes.
El estilo grutesco, sin duda evocador del mito de las cavernas, era sinónimo de extraño, caprichoso, y a menudo se extendía hacia lo macabro y lo demoníaco. Procedía de las antiguas decoraciones murales que, en torno a los finales del siglo XV aparecieron en diversas excavaciones romanas, la Domus Aurea o la Villa Adriana que al haber permanecido siglos enterradas se denominaron grutas que más adelante darían paso al recurso plástico. En general, se podría decir que gozó de gran reconocimiento en toda Europa a lo largo del siglo XVI y son varias y diversas las utilizaciones que de él hace El Bosco, cuya obra había conocido Pepi en sus viajes a Italia. No obstante, ella supo transponer sus sentimientos más allá del vacío de las piedras en un verdadero laboratorio de formas. Tan justa como acertadamente se la consideró la precursora de un neobarroco o, más exactamente, pionera del barroco del siglo XXI.
Pero la aportación de Pepi Sánchez fue sin lugar a dudas mucho más lejos. Además de la innovación que ya de por sí suponía la técnica litoartística, ella, defensora a ultranza del feminismo, reivindicaría el papel de la mujer de su tiempo, de un modo tan original y personal como toda su pintura. Con un enorme sentido del humor y una fina ironía, Pepi nos dejó títulos que hablaban bien a las claras de su extraordinaria personalidad. Por destacar tan sólo algunos de ellos merecen ser citados Esta prefería ideas ajenas a mojarse, Cariátides en fuga, De cerca el príncipe azul perdía mucho, Venusita cuando chica, La manipuladora de lluvias, Eva distorsionada y otras evas, Eva, chica y temerosa, en un difícil momento de su vida. ¿Ingenuidad, cómo se ha llegado a decir, o un sentido personalísimo, comprometido y crítico con las circunstancias sociales de su época? Más bien se diría que se trataba de una sensibilidad y una espontaneidad exquisitas además de un esfuerzo ingente por intuir y extraer el arte de cuanto la naturaleza le ofrecía.
José León-Castro Alonso
Diario de Sevilla, 25 de abril 2026
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